Casi nadie quiere montar en el autobús de los días grises. A veces, ni siquiera yo quiero subirme a él. Tarareo una melodía desordenada mientras pienso en la cantidad de ellos que he vivido. Y ese vaivén de pensamientos me lleva a la estación de mi vida. Es una estación coqueta, no muy grande; como de otros tiempos. En el centro, presidiendo, el gran reloj de esfera blanca y números romanos. ¡Qué manía! ¿Cuánta gente habrá que no sepa leerlos? Es más... ¿Cuánta gente habrá que no sepa leer la hora? ¿Y cuánta... que no quiera? Porque el tiempo, cuando uno espera, pasa indolente. Se diría que ni quiere pasar. Pero si estás despidiéndote de un gran amor, no hay forma de retener los minutos. Es tan caprichoso que me gustaría pedirle algo de formalidad, porque nunca adivino si va a ser mucho o poco.
Así que estoy esperando en la dársena, para coger ese autobús de los días grises. A veces me gusta tomarlo, solo por escuchar el repiqueteo de la lluvia en sus ventanas. No suelo preguntar la ruta. Puedo bajarme en cualquier lugar. Siempre sé volver a casa. El camino de vuelta parece invariablemente el mismo, por lejos que hayas ido.
Creo que cuando morimos, es también una forma de volver a casa. Pero intuyo que es importante no llevar cargas entonces. Ni preocuparse por nada. Y dejarse ir. Algún día lo haré. Seguro que sabré hacerlo. Y llegaré a esa otra estación donde el tiempo se mide por sí mismo, sin pedir ni dar explicaciones a esta viajera que ya no tiene prisa.
Pero hoy... Hoy tomaré el autobús de los días grises.
Stell
Es un buen autobús, y es un buen color.
ResponderEliminarPor otra parte, demasiado colorido da jaqueca. A la gente le deprime el gris, porque la mediocridad resta determinación y coraje.
Y es una muy buena prosa.